Los excesos del feminismo están provocando un resurgir del machismo, que por otra parte nunca se ha ido. Pudiera ser que el tiempo histórico no fuese ni lineal, como pensamos los occidentales desde la irrupción del cristianismo, ni cíclico, como piensan las culturas orientales y pensaban las culturas clásicas grecolatinas, sino simplemente pendular, y que los excesos de un lado tuviesen como respuesta un viaje precipitado del péndulo hasta el otro extremo, viviéndose épocas de mesura y cordura sólo durante el breve tramo central del viaje pendular. El patriarcado y el machismo tuvieron como sana respuesta el feminismo, que reivindico la igualdad de derechos (también de deberes) entre hombres y mujeres. Pero el feminismo viajó hasta uno de los extremos de la curva pendular, pretendiendo un juicio universal sobre los hombres y tratando de imputarles todos los crímenes padecidos por las mujeres desde que el mundo es mundo, los pasados y los que todavía padecen muchas mujeres. La consecuencia, claro, es que las voces sensatas comienzan a hablar y a decir las evidencias que no quieren verse, con el objetivo de que el péndulo se mueva hacia las zonas templadas de su curvado viaje, pero con el riesgo de que alcance nuevamente un extremo opuesto al actual. Pero como el péndulo sigue todavía en la lado del feminismo –que no postula la igualdad entre hombres y mujeres sino lo contrario del machismo, o sea la superioridad de las mujeres sobre los hombres– sobre estas voces sensatas recaen de inmediato toda clase de condenas, juicios y prejuicios.
El machismo sigue vivo, lo he dicho, y se muestra en el calvario padecido por María José Carrascosa en los Estados Unidos: machistas son las palabras del juez, machistas las reacciones poco afortunadas de algunas asociaciones de padres. Pero la otra cara de la moneda, el otro extremo del péndulo, viene dado por una Ley de Violencia de Género que cada vez provoca más reacciones sensatas que piden su revisión, porque deja en desamparo a los hombres, porque ampara las denuncias falsas –le guste o no a las asociaciones feministas esto es meridianamente cierto– y porque invierte la carga de la prueba, ya que ante una acusación de ese tipo es el hombre el que tiene que probar su inocencia. A mí los hijos de puta que maltratan a sus mujeres no me merecen ningún respeto y soy partidario de que se pudran, literalmente, en las cárceles. Pero sigo convencido de que es preferible que haya mil culpables sin condena a un solo inocente condenado, y una ley que está favoreciendo la condena de inocentes –no hablo sin saber: yo conozco un inocente condenado– merece ser revisada. Urgentemente. Pero ocurre que cuando alguien dice esto, como el juez Serrano de Sevilla, carga contra él la caballería pesada del feminismo, que en lugar de trabajar juntamente con tantos hombres que repudiamos el machismo, lo que hacen es despreciarnos por el simple hecho de haber nacido tales hombres, instaladas en la falsa superioridad moral del victimismo.
Pero yo, hoy, no quería hablar de cosas tan trascendentales. En realidad quería quedarme en el tema de los Reyes Magos y de las personas que los encarnan. Así que a lo que iba: en Úbeda se presentaron más de cuarenta personas –entre ellas cinco mujeres– para el sorteo de Rey Mago, que se celebró el día 23. Los afortunados con la mágica corona fueron tres hombres, y ya andan por ahí algunas mujeres diciendo que para cuándo mujeres Rey Mago.
¿Mujeres Rey o Reya o Reina Mago o Maga? Pues yo, que no soy machista ni nada que se le parezca, ni retrógrado, ni patriarcalista ni nada parecido, no lo veo, que quieren que les diga. Y creo que lo sensato es que para el “puesto” de Rey Mago sólo puedan presentarse hombres. Porque vamos a ver: primero, los críos no son tontos, y si cuando los Reyes los reciben la tarde del 5 de enero les habla una mujer, pues saben que algo falla y a mí no me gustaría que ninguna mujer le rompiera la ilusión a mi Manuel; y segundo, habrá que decir de una vez que para estas cosas testimoniales, simbólicas, festivas, no hay problema en que los hombres participen de unas y las mujeres de otras, y que no debe haber problema para que los Reyes Magos sean hombres de igual manera que no lo hay para que las mujeres –y sólo las mujeres– puedan ser falleras mayores, reinas de las fiestas allá donde estas costumbres existen, alcaldesas de Zamarramala o cosas similares.
Una mujer tiene –o debe tener– los mismos derechos que un hombre. Debe cobrar el mismo sueldo por igual trabajo. Las mismas oportunidades para promocionarse social y profesionalmente. La misma libertad libre de prejuicios para acostarse con quién le de la gana. Una protección laboral específica para sus periodos de embarazo y maternidad, protección que objetivamente no cabe en el caso de un hombre. Todos los derechos que le han sido negados a lo largo de la historia. Pero una cosa es eso y otra muy distinta sería montar un pollo porque alguien, con dos dedos de cuerda frente, dijera que sí, que los Reyes Magos sólo pueden ser hombres. Porque si por esto se enfadan las feministas, femilistas o feminazis, que
diría Pérez Reverte, pues habrá que postular entre los carnavaleros de Cádiz que los hombres exijan “su derecho” a vestirse de piconeras en el Carnaval y en ese plan.